Las imágenes se repiten en el centro, los barrios, las plazas y distintos espacios públicos de Alta Gracia: perros sueltos, algunos solos y otros en grupos, recorriendo las calles, rompiendo bolsas de residuos o permaneciendo durante horas en sectores muy transitados.
Ya no parece tratarse de casos aislados. Cada vez son más los vecinos que advierten sobre una situación que crece y genera preocupación. No se sabe con certeza cuántos animales fueron abandonados, cuántos llegan desde otras localidades y cuántos tienen propietarios que simplemente los dejan circular libremente.
El problema no son los perros. Detrás de cada animal suelto existe abandono, falta de castración, reproducción sin control o ausencia de responsabilidad por parte de sus dueños.
Pero tampoco puede desconocerse que hay personas con miedo o fobia a los animales, familias con niños, adultos mayores, ciclistas y motociclistas que pueden quedar expuestos a mordeduras, persecuciones o accidentes. A esto se suman las bolsas de basura destruidas, las peleas entre perros y los riesgos sanitarios.
Ser una ciudad amigable con los animales no significa naturalizar que permanezcan librados a su suerte en la vía pública. El bienestar animal y la seguridad de los vecinos no deberían ser posiciones enfrentadas.
En Alta Gracia, la Fundación ADMA desarrolla desde hace años una tarea importante, sosteniendo castraciones, rescates, asistencia y campañas de adopción. Lo hace con esfuerzo, compromiso y recursos que muchas veces resultan limitados frente a una problemática cada vez más amplia. Sin embargo, una organización proteccionista no puede reemplazar una política pública integral. A la par, también hacen lo suyo los proteccionistas independientes pero… al parecer, nada alcanza. Sin contar, claro, que las responsabilidades deben partir, en primer lugar, de quienes se hacen cargo de un animal que terminan dejando en la calle.
Claramente se necesita ponerle el casacabel al gato metiendo mano al programa, hacerlo de mayor alcance, con presupuesto y continuidad. Acompañar el trabajo de ADMA también implica brindarle respaldo desde una política estatal más amplia, planificada y sostenida.
Las imágenes están a la vista. Ahora hace falta que el problema también ingrese definitivamente en la agenda pública.









