Hay momentos en los que una sociedad parece acostumbrarse al horror, y hay otros momentos en los que algo estalla. Tal vez eso sea lo que empieza a pasar en Córdoba. Tal vez por eso este 3 de junio no vaya a ser una marcha más. Tal vez por eso en las calles ya se respira otra cosa. Bronca. Dolor. Cansancio. Pero también decisión.
Mientras algunos intentan relativizar once años de lucha de Ni Una Menos, la realidad golpea con números imposibles de naturalizar: 95 femicidios en lo que va del año. Noventa y cinco mujeres asesinadas. Noventa y cinco historias truncadas. Noventa y cinco familias destruidas. Y detrás de cada cifra, una pregunta incómoda que nadie puede esquivar: ¿qué estamos haciendo como sociedad?
El caso de Agostina terminó de atravesar emocionalmente a Córdoba. No sólo por la crudeza de lo ocurrido, sino porque volvió a dejar expuesto algo mucho más profundo: el miedo con el que viven miles de mujeres, la fragilidad de muchas respuestas institucionales y una violencia que ya no aparece como un hecho aislado, sino como parte de una trama cotidiana que asusta.
Y mientras eso pasa, hay sectores políticos que insisten en minimizar, deslegitimar o vaciar de sentido una lucha que nació en las calles y que durante más de una década puso sobre la mesa temas que antes se escondían debajo de la alfombra. Intentan instalar que el feminismo exagera, que la violencia no es estructural, que ya está todo dicho, que la agenda de género “pasó de moda”; pero la realidad vuelve a contestar de la manera más brutal.
Por eso este 3J tiene otro clima. Otra temperatura social. Ya no se trata solamente de una convocatoria feminista tradicional. Lo que empieza a construirse es algo mucho más amplio: una expresión colectiva de hartazgo frente a una violencia que nos atraviesa a todos. Porque esto ya no interpela sólo a las mujeres. Nos interpela como sociedad, nos juzga como comunidad, nos obliga a revisar silencios, indiferencias y complicidades.
Y probablemente por eso se espera una movilización multitudinaria. Con personas de distintos espacios políticos, sociales, generacionales y culturales. Porque hay momentos en los que las diferencias quedan en segundo plano frente a algo mucho más urgente: defender la vida.
Córdoba parece prepararse para un nuevo grito colectivo, uno de esos que incomodan al poder, uno de esos que nacen del dolor, pero también de la necesidad de cambiar las cosas. Tal vez se venga el cordobazo de Ni Una Menos, y quizás haga falta.
