De mandadores y mandados

¿Qué se juega en un rato?, ¿a dónde termina una cosa y empieza la otra?, ¿qué voz es tan sublime, amplia y soberana para decir en nombre de todos lo que uno piensa?. Que hoy se juega la memoria de un condenado al recuerdo en el altar de la nona. Aquel al que al que le dijeron: “no, ¿de Malvinas venís?, disculpá pibe pero no” cuando quiso palear el hambre no saciado por las varillas de pan entregadas al desembarcar. O aquel que, al escuchar el avión a chorros que sobrevuela su pueblo sojero, buscaba una mesa, una cama, un presente para refugiarse. ¿Qué se juega en un ratito?. Está pregunta la escuchamos de memoria desde la madrugada del domingo. Es un impulso lo que aparece, verborrágico a más no poder; Obligado, Malvinas, Oasis. ‘Los rolling’, diría una villa del dos mil, el Diego, la pos guerra que continúa, Galtieri, Videla, un vidrio pintado con soldados dentro. Memoria oscurecida. Armas, una cruzada, una familia, mil familias. Millones más, el club, el revendedor de camisetas. Las banderas nuestras, suyas, también nuestras, el pueblo. ¿Qué se juega en un rato?.

Lo que Scaloni dijo está bien. “Es solo un partido de fútbol”. Sus palabras representan perfectamente la idiosincrasia desde la que él emerge. Al final, esa idiosincrasia, tan nuestra, de acá, recorre los extremos de las ideologías de occidente, y hace que un tipo de la pampa húmeda declare lo mismo que una madre le dice a sus hijos en un pasillo del gran Buenos Aires. Ambos se desbordan al decirlo. Hay algo más y no se sabe qué. Parece una sensación de discutir justicia. Ambos saben de la piedad, en ella viven, y es eso lo propio. Cargan en esa sensación humana que es herencia bosqueana, jesuítica y una forma justicialista pre justicialista. Lo mismo que dijo el doctor hace cuarenta años, “es un partido más”, teniendo aún la belicidad a la vuelta de la esquina. Con la salvedad de que ese ‘partido más’ es, en un ratito, con nadie menos.

La discusión de si el fútbol es aislable de lo político o lo político es inescindible del fútbol nos quita lo más importante de las dos cosas. Tenemos infinitas formas de historizar el encuentro que se dará en un rato y lo que él representa, pero seré breve. Es necesario defender a un pueblo especial; el argentino. En cuanto a lo político, el partido de hoy no se juega solamente la memoria, la parada nostálgica que por cuanto más profunda más imprecisa se torna. Eso se juega y no. Todos lo creen y no. Esa diferencia, la gente, la gente la hace. La conquista espiritual de aquel mundial 86’ hace de la identidad, por entonces recientemente fragilizada, un estado de ‘nosotros mismos’. Y esto acentúa la sensación de posguerra. Acentúa la idea de justicia, o la ausencia de su realidad. Y de hecho, esta idea, en el plano futbolístico inmortalizado en una mano en el cielo, es la marca que el pueblo inglés, futbolero por excelencia, sostiene. Esto nos permite enlazar algo: una gran cantidad de jóvenes ingleses no conocen Malvinas, en gran medida porque no es oficial en su formación educacional. Los jóvenes argentinos, todos, en su totalidad, conocen este historial. Crecemos en su formación. En la escuela, en la cuadra, en el club o el café.

Quiero quedarme con esto. Argentina se juega mucho, nosotros, vos o yo, aunque eso no sea suficiente para explicar una mano en el área. En el plano político/social, la guerra pasó, pero la invasión continúa. Aún Inglaterra conserva el 20% del territorio nacional. De ahí la sensación, de ahí la condición de posguerra. Son falsas las apelaciones de compatriotas extraños, que de vez en cuando cargan con algún reclamo, de que este no es un partido más solo por nuestra característica nostalgia. Como si el argentino, tan ancho, fuera solamente un paira de arrabal porteño. O peor, como si no pudiese reconocer las diferencias. Como si fuese víctima de una pulsión irracional que, en el fondo, dominará cuando sepa lo que aún no sabe. No, ese argentino, sabe, reconoce. Por eso, en el plano futbolístico Scaloni tiene razón, Bilardo también e incluso el Diego. Quién dijo que es un partido más, pero lo mezcló todo. En un ratito mezclaremos. Las autoridades lo hacen. En este caso porque el pueblo no puede no hacerlo. Se le juega algo ahí. Si sale mal, será una espina de las peores, una cultural, en nuestro nervio más íntimo. Pero saldremos todos. Ayer no. Reconocemos reconociendo que mezclamos, y esa es una gesta de soberanía popular de un pueblo maduro. ¿En cuanto a lo político?. La segunda mitad de este siglo estará volcada hacia el atlántico Sur argentino y no argentino. El compromiso histórico es ineludible. Quizás es verdad que la Patagonia sea una flecha que apunta hacia el sur, aunque seamos nosotros quienes, en un ratito, apuntemos hacia el norte.

Por Nicolás Romero