De descubrir sus raíces mapuches a conmover con un libro en braille: la increíble historia de Miguel Ángel Sánchez Nagüel

Descubrió sus raíces mapuches a los 50 años, impulsó una propuesta literaria en braille que recibió el acompañamiento de artistas y ahora prepara una obra dedicada a su padre, quien atravesó el Alzheimer y falleció de cáncer. Miguel Ángel Sánchez Nagüel habló con Mi Valle Medios sobre las historias que marcaron su vida, el poder de la literatura y una promesa que todavía lo emociona.

Hay promesas que no terminan con una despedida. Algunas permanecen intactas durante años, se transforman en proyectos y encuentran nuevas maneras de cumplirse. Miguel Ángel Sánchez Nagüel hizo una de ellas mientras sostenía la mano de su padre, en las últimas horas de su vida. Le aseguró que siempre sería el mejor papá del mundo y que llevaría el apellido Sánchez a lo más grande. Hoy, aquella promesa es el corazón de Mi viejo, mi gran héroe, un libro que busca homenajear a quien le enseñó a soñar, pero también acompañar a quienes enfrentan enfermedades como el Alzheimer y el cáncer.

“Mi padre era un hombre trabajador del correo. Había empezado como mensajero, con su bicicleta negra tipo inglesa, su uniforme gris y un bolso de cuero. Repartía cartas y telegramas”, recuerda. La infancia de Miguel Ángel estuvo marcada por gestos sencillos que todavía conserva como verdaderos tesoros. “Mi viejo me enseñó a hacer barriletes con caña y papel crepé, porque comprar plástico era muy caro. Me armaba un carrito con un cajón de manzana y cuatro ruedas chiquitas, y yo lo miraba como un superhéroe, como todo un ingeniero”. Aquel hombre que comenzó repartiendo correspondencia estudió, se convirtió en telegrafista y llegó a jubilarse como jefe de correo. “Lo que más me enseñó es a soñar con los pies en movimiento. Y así se hacen realidad los sueños”, asegura.

Una búsqueda que comenzó a los 50 años

La vida del escritor está atravesada por historias que parecen destinadas a convertirse en libros. Nacido en Buenos Aires, descubrió a los 50 años que tenía raíces mapuches, una parte de su identidad que había permanecido oculta durante décadas. Todo comenzó con un sueño en el que su abuelo materno lo tomaba de la mano y lo invitaba a realizar un viaje. Aquella imagen despertó una inquietud que lo llevó a investigar durante cinco años, recorrer archivos históricos, cementerios y distintos puntos del sur argentino, hasta encontrar referencias a su tatarabuelo Gabriel Nagüel, identificado en documentos como “el indio amigo”.

“Era un secreto que estaba bien guardado”, cuenta. De esa experiencia nació Voy caminando hacia mi origen, una obra que terminó generando historias tan sorprendentes como la suya. Uno de sus lectores, que había sido adoptado por una familia de Buenos Aires, decidió buscar sus propios orígenes después de leerlo. Viajó a Formosa y consiguió reencontrarse con su madre biológica y hermanos que no conocía. “Vino a agradecerme porque gracias a mi libro había podido reencontrarse con su identidad”, recuerda.

Un libro en braille que despertó el acompañamiento de artistas

Otro de los capítulos más significativos de su trayectoria nació de un encuentro inesperado en el subte de Buenos Aires. Durante uno de sus viajes habituales conoció a una madre que acompañaba a su hijo, un niño que había perdido la visión. La mujer le habló de las dificultades para acceder a escuelas, materiales educativos y libros adaptados. “Me contó que no había libros en braille, que él había quedado ciego hacía poquito y que tenía que aprender a leer y escribir en braille”, relató.

Aquella conversación fue el punto de partida de una iniciativa literaria que buscó acercar la lectura a personas con discapacidad visual. El proyecto, presentado por su impulsor como una experiencia singular e innovadora por sus características, consiguió el acompañamiento de artistas que colaboraron en su difusión y contribuyeron a darle visibilidad.

La propuesta también puso sobre la mesa una problemática que muchas veces permanece fuera de la agenda pública: las dificultades de acceso a la cultura y a materiales de lectura inclusivos. Para Sánchez Nagüel, aquella experiencia confirmó que un libro puede ser mucho más que una historia impresa. Puede abrir oportunidades, generar encuentros y acercar mundos que muchas veces permanecen separados por barreras que deberían desaparecer.

Esa vocación continúa presente en su trabajo. Su nueva obra también está proyectada para publicarse en braille, además de otros idiomas, con la intención de llegar a lectores de diferentes lugares del mundo.

“Mi padre eligió la humildad, eligió ser humano”

En Mi viejo, mi gran héroe, Miguel Ángel reconstruye la historia de Alfredo Ernesto Sánchez, un hombre que, según cuenta, tuvo la posibilidad de vivir con importantes recursos económicos, pero eligió otro camino. “Mi padre, a pesar de poder haber vivido con mucho dinero, pero con mucho dinero, eligió la humildad. Eligió ser humano. Eligió criar a sus hijos con el sacrificio de su trabajo”.

Recuerda que llegó a tener dos empleos para sostener a su familia. “Trabajaba de mensajero y trabajaba en una pescadería para poder darles a sus hijos educación y que no les faltara un par de zapatillas o la comida en la mesa”. Detrás de esa decisión existe una historia que el escritor promete revelar en una segunda parte de la obra, bajo el nombre de El fuertecito, la historia no contada. “Mi viejo era un ser humano más allá de ser papá. Era humano, con un gran corazón”, resume.

Con el paso de los años, la familia debió enfrentar el deterioro de su salud. Alfredo convivió durante más de cinco años con el Alzheimer y posteriormente falleció de cáncer, tras sufrir una metástasis. La enfermedad fue transformando su memoria, aunque algunos recuerdos de su infancia resultaron fundamentales para las investigaciones familiares que realizaba su hijo. “Me dijo en qué pueblo se había criado y cómo se llamaban sus tíos. Eso me ayudó muchísimo a investigar. Me gusta escribir lo que investigo, con documentación, para que todo sea creíble”.

La despedida que se convirtió en una promesa

Uno de los momentos más conmovedores de la entrevista llega cuando Sánchez Nagüel recuerda las últimas horas de su padre. Alfredo estaba recibiendo morfina cuando comenzó a mover los brazos y las piernas, como si intentara despertar. Miguel Ángel consultó a un médico amigo, quien le explicó que, aunque pareciera dormido, podía continuar escuchando a quienes lo acompañaban.

“Siempre estuvimos con él. En ningún momento lo dejamos”, recuerda. Entonces se acercó a su cama y le tomó la mano. Al relatar aquel momento, la emoción vuelve a interrumpirlo. “Guau, me viene ese recuerdo y me pongo medio como que quiero escapar las lágrimas”.

Después continúa: “Le hablé al oído y le dije que se quedara tranquilo, que yo estaba ahí. Que para mí él era y sería siempre el mejor padre del mundo y que iba a llevar el apellido Sánchez a lo más grande”.

Hace una pausa y concluye con una frase breve, pero cargada de significado: “Y eso es lo que hice”.

Literatura, ciencia y una causa solidaria

El escritor adelantó que Mi viejo, mi gran héroe tendrá versiones en español, inglés, japonés y braille, además de otras traducciones en las que se encuentra trabajando. También proyecta su presentación en ferias internacionales y aseguró que la obra cuenta con acompañamiento de especialistas en neurología y Alzheimer. “Por primera vez se juntó la ciencia neurológica con la historia real y fue un éxito”, expresó al recordar una presentación previa realizada en Santa Fe.

Pero quizás uno de los aspectos más importantes de esta nueva etapa sea la decisión de darle un destino solidario a la recaudación. Sánchez Nagüel anunció que pretende destinar los ingresos de la obra a la Fundación Luar, relacionada según explicó con investigaciones sobre el Alzheimer, y al Instituto de Oncología Ángel H. Roffo, de Buenos Aires.

“Mi padre, gracias a Dios, pudo tener todos los elementos para una partida digna, pero veo mucha gente que a veces no tiene ni siquiera para un tratamiento oncológico”, reflexiona. “Espero que podamos recaudar muchísimo, porque pienso que mi padre hubiese querido eso”.

Para él, el concepto de héroe va mucho más allá de su propia historia familiar. “Este libro es para todos aquellos, nuestros héroes, mamá, papá, que sufren Alzheimer o una enfermedad oncológica. Ellos son nuestros héroes, que luchan hasta el último momento”.

“Gracias por cumplir esa promesa”

Hacia el final de la entrevista aparece una pregunta inevitable: ¿qué le diría su padre si hoy pudiera tener ese libro entre sus manos?

Miguel Ángel no duda. “Me diría: ‘Gracias. Gracias por cumplir esa promesa. Gracias por ser humano y ayudar a aquellas personas que lo necesitan. Gracias por ser mi hijo’”.

Y agrega una reflexión que termina de darle sentido a toda su historia: “Yo pienso que, en el fondo, él también hubiese querido ser escritor”.

Quizás allí esté la verdadera dimensión de esta historia. En aquel hombre que fabricaba barriletes con cañas y engrudo, que trabajaba para que a sus hijos no les faltara nada y que les enseñó que los sueños se construyen caminando. Y en ese hijo que, muchos años después, encontró en las palabras una manera de devolverle todo lo recibido.

Sin dudas, a veces la grandeza no está en aquello que acumulamos durante la vida, sino en lo que dejamos en los demás, y Miguel Ángel Sánchez Nagüel parece haber encontrado una forma de hacer que el legado de su padre siga llegando, a través de sus libros, a personas que nunca llegaron a conocerlo.