Hay personas que trascienden por su profesión. Otras, por su calidad humana. Y están quienes logran ambas cosas. Ese fue el caso de Pedro Granja, abogado, integrante de una reconocida familia vinculada a la Escribanía Ferreyra y un apasionado del fútbol amateur, quien falleció el pasado domingo a los 53 años, provocando una profunda conmoción en Alta Gracia.
Su partida fue tan inesperada como dolorosa. Según sus allegados, falleció de manera intempestiva durante el mediodía del domingo, apenas horas después de haber compartido uno de los lugares donde más feliz era: la cancha del Club Anglo Viejo, junto a su equipo y sus amigos
El velorio y el sepelio se transformaron en una verdadera muestra del enorme cariño que había sembrado durante toda su vida. Cientos de personas se acercaron para darle el último adiós. Compañeros del ámbito judicial, colegas, clientes, amigos, familiares, futboleros y vecinos coincidieron en una misma definición: Pedro era una gran persona.
Durante más de tres décadas trabajó junto a su madre, la escribana Nidia Ferreyra, en la tradicional Escribanía Ferreyra. Hace pocos meses había obtenido también el título de escribano y se preparaba para comenzar una nueva etapa profesional, continuando el legado familiar.
Sin embargo, quienes lo conocieron aseguran que su mayor legado no está en los expedientes ni en los títulos, sino en la forma en que eligió vivir.
Generoso, solidario y siempre dispuesto a tender una mano, en numerosas oportunidades brindó asesoramiento jurídico o representación legal sin cobrar honorarios a personas que atravesaban situaciones difíciles. También colaboró económicamente con quienes lo necesitaban y ayudó a muchos a conseguir trabajo, gestos que realizaba con absoluta discreción y sin buscar reconocimiento.
Su otra gran pasión era el fútbol. Fue socio fundador del equipo Canallas del Club Anglo Viejo, hace más de treinta años. Primero defendió esos colores como jugador y, en los últimos tiempos, como director técnico y organizador del equipo. Allí construyó amistades que perduraron durante décadas y encontró un espacio donde compartía lo que más lo caracterizaba: su alegría.
Quienes hoy lo recuerdan hablan de un hombre carismático, de enorme energía, optimista, siempre sonriente y con una palabra de aliento para todos. De esos que hacían sentir bien a quien tenían al lado y que encontraban tiempo para ayudar sin esperar nada a cambio.
Pedro Granja deja un hijo, su pareja, su madre, sus hermanos y una inmensa cantidad de amigos que hoy lo despiden con profundo dolor, pero también con gratitud por todo lo que hizo por ellos y por la comunidad.
Porque, a veces, la verdadera dimensión de una persona no se mide por los cargos que ocupó ni por los logros que alcanzó, sino por la cantidad de vidas que tocó con su generosidad.
Y eso fue precisamente lo que quedó reflejado durante su despedida: un velorio colmado de personas de todos los ámbitos, que llegaron para abrazar a su familia, compartir anécdotas y agradecer la oportunidad de haber conocido a un hombre que hizo del servicio, la amistad y la solidaridad una forma de vida.
Alta Gracia despidió a Pedro Granja, un reconocido profesional, un apasionado del deporte y, por encima de todo, un hombre bueno. Ese será, sin dudas, el legado más importante que dejará en la memoria de quienes tuvieron el privilegio de conocerlo.
