En una entrevista en Stream Abierto, coproducción de Lux y Mi Valle Medios, la concejal Lucía Allende volvió a mostrarse en una versión que ya no sorprende dentro del Concejo Deliberante: crítica, confrontativa y cada vez más posicionada en clave electoral.
Referente del radicalismo alineado con Rodrigo de Loredo, Allende transita hace años la política local, pero en el último tiempo su discurso tomó otro volumen. Ya no se limita a marcar diferencias: construye contraste. Y en esa construcción, la confrontación dejó de ser una consecuencia para transformarse en estrategia.
“La oposición muchas veces incomoda, muchas veces es odiosa, pero es necesaria”, dijo, en una definición que no solo describe su rol, sino también su forma de pararse en el escenario político actual.
Aunque la entrevista buscó profundizar en su lugar dentro del radicalismo y su proyección interna, Allende volvió a llevar la conversación hacia el terreno donde se siente más cómoda: la crítica a la gestión municipal. Allí insistió con uno de los ejes que viene repitiendo en las últimas semanas: la inseguridad y la falta de respuestas.
Entre la crítica constante y la construcción política
“Hoy el tema es la inseguridad. Me lo dicen comerciantes, jóvenes, jubilados… todos”, planteó, y volvió a cargar contra el oficialismo: “Hay una realidad de la que nadie se está haciendo cargo”.
El tono no fue casual. Forma parte de un perfil que se fue consolidando con el tiempo y que, según ella misma admite, tiene que ver con el rol que decidió asumir. “No lo decido en función de si me conviene o no, sino del deber que me toca”, sostuvo cuando fue consultada por su estilo confrontativo.
Sin embargo, esa construcción también tiene lectura política. En un Concejo donde la oposición tiene poco volumen numérico, Allende eligió ocupar ese lugar desde la exposición y el conflicto, tensionando con el oficialismo y diferenciándose incluso dentro de su propio espacio.
Sueldos, privilegios y el costo político
Uno de los pasajes de la entrevista, quizás más incómodos, fue cuando respondió cuánto gana un concejal en Alta Gracia. “Alrededor de tres millones y medio de pesos”, señaló, y detalló que el intendente percibe aproximadamente un 30% más, mientras que los secretarios se ubican en una escala similar.
La edil reconoció que esto genera ruido y trató de explicar qué siente al respecto: “Hay un abismo entre el trabajador a pie y quien tiene el sueldo asegurado”.
La frase no es menor. En un contexto económico complejo, Allende eligió no esquivar el tema, aun sabiendo el costo político que implica poner ese número sobre la mesa. Aun así, intentó enmarcarlo en la responsabilidad del cargo y en la lógica del funcionamiento del Estado.
En paralelo, cuestionó el esquema interno del municipio. Sostuvo que existe una estructura que prioriza la cantidad por sobre la calidad en el empleo público y advirtió que eso “termina repercutiendo en los servicios”.
También explicó que los aumentos salariales impactan por estatuto en toda la planta política (la llamada “cláusula gatillo”), aunque mencionó que desde su espacio “impulsamos iniciativas para generar excepciones sin que hayan avanzado”, un tema que ha sido tratado en distintas oportunidades en el Concejo.
En ese punto, y mirando hacia atrás, aparecen antecedentes dentro del propio cuerpo legislativo: en otros momentos hubo concejales que optaron por donar parte de sus ingresos, una práctica que hoy no se replica y que vuelve a poner en discusión el vínculo entre la política y la sociedad.
En ese equilibrio —entre crítica al sistema y pertenencia al mismo— Allende dejó otra definición que expone la tensión de fondo: “La política se distancia de quienes dice representar”.
Y es desde ese lugar que empieza a pararse de cara al próximo turno electoral. Porque hacia el final, ya sin rodeos, confirmó lo que en su entorno político ya se daba por hecho: quiere ser intendenta.
Una decisión que no solo ordena su discurso, sino que también explica el tono. Y el momento.
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