El fin de semana dejó una postal perturbadora en el espacio urbano. Bajo la excusa de la estética de Halloween, se exhibieron bolsas mortuorias y escenografías que simulaban escenas de crimen. La transgresión alcanzó su punto más grotesco cuando una persona circuló en su vehículo con el capó manchado de sangre ficticia y la figura de un cuerpo humano incrustado en el motor. Lo que debió ser una celebración festiva se transformó, en algunos casos, en un despliegue gratuito de violencia explícita a la vista de todos.
La libertad de expresarse también exige sensibilidad
Vivimos en una sociedad donde cada persona tiene derecho a celebrar, expresarse, disfrazarse y disfrutar de sus tradiciones como mejor le parezca. Y está bien que así sea. La libertad individual es un valor que merece ser defendido, incluso cuando las expresiones de otros no coinciden con nuestros gustos o nuestra manera de entender el mundo.
Pero defender esa libertad no significa renunciar al sentido crítico. Tampoco implica que cualquier representación deba quedar al margen de una reflexión sobre sus consecuencias. Porque hay límites que no necesariamente están escritos en una ley, pero que deberían estar presentes en la conciencia colectiva: los que imponen el respeto, la empatía y la consideración por el dolor ajeno.
No se trata de prohibir Halloween, de censurar disfraces ni de señalar a quienes encuentran diversión en esta celebración. Se trata de preguntarnos si, en nombre de esa libertad, no estamos atravesando ciertas fronteras que merecen ser discutidas.
Fantasía de cotillón frente a la tragedia real
Hay una frontera —o al menos debería haberla— entre la fantasía del terror y la banalización de una tragedia concreta. Los fantasmas y los monstruos pertenecen al terreno de lo lúdico; las bolsas mortuorias y los siniestros viales simulados pueden remitir a dolores demasiado cercanos.
¿Qué sensibilidad estamos demostrando cuando se exhiben bolsas cadavéricas a días de haberse hallado a una docente asesinada? ¿Qué reflexión merece la imagen de un auto ensangrentado cuando hace apenas unas semanas una organización local movilizó a la ciudad en un acto profundo para concientizar sobre las vidas perdidas en las calles?
Son preguntas incómodas, pero necesarias. Detrás de cada muerte violenta hay familias, amigos, hijos, padres y comunidades enteras que intentan reconstruirse. Hay personas que transforman la pérdida en concientización, en denuncia y en lucha para que otras familias no tengan que atravesar el mismo sufrimiento.
Por eso, ciertas representaciones, aunque no tengan la intención de lastimar, pueden resultar profundamente insensibles. Y el derecho a realizarlas no elimina el derecho de otros a cuestionarlas.
La anestesia social y la mirada adulta
El problema más profundo trasciende la ocurrencia desafortunada de algunas personas, también reside en la naturalidad con la que el entorno consume determinadas escenas. ¿Qué sintieron los adultos que caminaban de la mano con sus hijos al encontrarse con semejante espectáculo? ¿En qué momento comenzamos a perder la capacidad de distinguir entre el humor, la provocación y la banalización del sufrimiento?
No se trata de criar niñas y niños alejados de toda ficción o expresión del miedo; se trata de comprender que los adultos también educamos a través de aquello que celebramos, compartimos y naturalizamos. La libertad necesita convivir con la responsabilidad. Y la responsabilidad implica comprender que nuestras acciones, incluso aquellas pensadas como una simple diversión, pueden impactar en la sensibilidad de los demás.
El sentido crítico desmantelado
La muerte no es graciosa ni es muda. El horror real existe, tiene rostros, nombres, familias que lloran y consecuencias dolorosas que esta comunidad conoce demasiado bien. Nadie debería arrogarse el derecho de decidir cómo tienen que divertirse los demás. Pero tampoco deberíamos aceptar que invocar la libertad individual alcance para desactivar cualquier cuestionamiento ético.
Una sociedad libre también debe ser capaz de discutir sus propios límites, sin censuras, sin imposiciones y sin perder la sensibilidad. Podemos celebrar Halloween, disfrutar de sus disfraces, jugar con el miedo y dar lugar a la creatividad. Pero también podemos preguntarnos hasta dónde estamos dispuestos a llegar para llamar la atención, provocar una reacción o conseguir una fotografía que circule por las redes.
Quizás el verdadero desafío no sea establecer qué está permitido y qué no, sino recuperar algo mucho más elemental: la capacidad de pensar en el otro antes de actuar.Sin dudas, cuando todo da igual, cuando nada conmueve y cuando el dolor ajeno se convierte en utilería, el verdadero peligro ya no reside en la noche de brujas. Reside en la insensibilidad con la que elegimos transitar el resto del año.

