La carne vacuna, símbolo histórico de la mesa argentina, atraviesa una de las coyunturas más delicadas de las últimas décadas. Los números son contundentes: cae la producción, se desploma el consumo y los precios suben por encima de la inflación general, generando un impacto directo en la economía familiar y en la estructura productiva nacional.
Los datos más recientes del sector muestran que en enero de 2026 la faena vacuna cayó 11,8 % interanual, mientras que la producción total se redujo alrededor de 10 % respecto del mismo mes del año anterior. En términos concretos, se produjeron unas 26.000 toneladas menos que en enero de 2025.
Las proyecciones para este año no son alentadoras: especialistas del mercado ganadero anticipan que podría registrarse un faltante de entre 150.000 y 200.000 toneladas en el total anual, lo que implicaría una reducción superior a 4 kilos por habitante disponibles para el consumo interno.
Detrás de esta caída aparecen factores estructurales: menor stock ganadero tras años de sequía, retención de vientres y una recuperación productiva que aún no logra consolidarse.
Consumo en mínimos históricos
El impacto ya se siente en los hogares. El consumo aparente de carne vacuna descendió a 47,9 kilos por habitante al año, el nivel más bajo de las últimas décadas.
En paralelo, las ventas internas registraron una contracción del 13 % interanual, reflejando una combinación explosiva: menor oferta, precios en alza y deterioro del poder adquisitivo.
El dato es simbólico y estructural al mismo tiempo: Argentina, históricamente uno de los países con mayor consumo de carne per cápita del mundo, hoy atraviesa uno de sus pisos más bajos.
Precios que superan la inflación
Mientras el consumo cae, los precios no dan tregua. El rubro “carnes y derivados” registró subas interanuales cercanas al 55 %, muy por encima de la inflación general. En algunos cortes vacunos tradicionales, los aumentos alcanzaron el 70 % anual.
El asado, la nalga, el cuadril o la paleta muestran valores que tensionan cada vez más el presupuesto familiar. La consecuencia es directa: más sustitución por pollo o cerdo, menor frecuencia de compra y reducción de porciones en los hogares.
El rol de las exportaciones
En paralelo, el mercado internacional mantiene precios firmes. Si bien el volumen exportado mostró oscilaciones, los valores externos continúan siendo atractivos para el sector exportador, lo que suma presión sobre la oferta interna.
Cuando la disponibilidad de hacienda cae y los mercados externos pagan mejor, el equilibrio se vuelve complejo: la menor oferta disponible en el mercado local termina impactando en los precios al consumidor.
Impacto en el bolsillo y en la cadena productiva
El encarecimiento de la carne no solo afecta el consumo directo. Tiene efectos en cadena:
- Aumenta el peso de los alimentos en el gasto mensual de las familias.
- Reduce el margen operativo de carnicerías y pequeños comercios.
- Tensiona expectativas inflacionarias.
- Reconfigura hábitos alimentarios en sectores medios y bajos.
La combinación es preocupante: menos carne disponible, precios en ascenso y consumo en retracción. Un escenario que refleja no solo un problema sectorial, sino un síntoma de la fragilidad económica más amplia. “Hace años que tengo carnicería, nunca me pasó una cosa así. Ya no sabemos qué ofertas dar…o como manejar la cosa para que se reactive”, contó a Mi Valle un comerciante de Alta Gracia con amplia trayectoria en el sector, en coincidencia a lo que marcan tanto los pequeños comercios como los de mayor embergadura.
En la mesa argentina, el asado dejó de ser rutina para convertirse en un lujo cada vez más difícil de sostener. Y los números indican que, al menos en el corto plazo, la tendencia todavía no encuentra un punto de inflexión.