“Me encadené para que alguien escuche a mi hijo”

El grito desesperado de Emanuel, un padre de Alta Gracia que reclama respuestas de la Justicia

El pasado viernes, en plena calle España, a metros de la dependencia policial, Emanuel —emprendedor, padre, vecino— tomó una decisión extrema: se encadenó en la vía pública. No fue un gesto político ni una puesta en escena. Fue, según sus propias palabras, “un pedido desesperado”. El último recurso de alguien que siente que ya no tiene a quién recurrir cuando lo que está en juego es el bienestar de su hijo de siete años.

Emanuel llegó a Alta Gracia hace tres años y medio exclusivamente para estar cerca de su hijo. Dejó su vida anterior, armó su casa, levantó un emprendimiento de pastas caseras —con el que se sostiene día a día— y construyó una rutina pensada alrededor de la crianza. Durante el último año, esa rutina incluyó un régimen de tenencia compartida, una semana con cada progenitor. El acuerdo existió, fue firmado, pero nunca homologado judicialmente por falta de recursos económicos. Un detalle técnico que hoy pesa como una losa.

Yo ingenuamente no sabía que si no estaba homologado no tenía valor”, relata Emanuel. Desde entonces, la situación comenzó a resquebrajarse.

Un conflicto que se judicializa, un niño en el medio

Según cuenta, el quiebre definitivo ocurrió cuando recibió una orden judicial para reintegrar de manera inmediata al niño a la casa de su madre, aun cuando no se había cumplido el período de convivencia acordado. La orden llegó sin audiencia previa, sin instancia de escucha, sin que nadie —dice— le preguntara su versión de los hechos.

Emanuel obedeció. “Lo hice para no tener consecuencias judiciales y para no empeorar la situación”, explica. Pero el conflicto no terminó ahí.

En su testimonio, relata que la escuela habría elevado informes al juzgado alertando sobre situaciones preocupantes: ausencias reiteradas, falta de alimentación, falta de higiene y el no suministro de una medicación psiquiátrica recetada al niño. Todo esto —aclara— no surge solo de su palabra, sino de registros institucionales que forman parte de un expediente judicializado desde hace tiempo.

Yo nunca quise sacarle el hijo a su mamá. Nunca quise romper el vínculo. Lo único que quiero es que mi hijo tenga una vida digna”, insiste. “Tal vez no tengo el dinero que otros tienen, pero sí tengo tiempo, compromiso y amor”.

La escena que lo cambió todo

El viernes, tras negársele la entrega del niño en el día que correspondía, Emanuel sintió que había llegado a un límite. “Le avisé: si no me lo das, me voy a encadenar. Me respondió: hacé lo que quieras. Y eso hizo.

La escena fue tan cruda como efectiva. Vecinos, testigos y medios se acercaron. La protesta derivó en su traslado al área de Familia, acompañado por personal policial. Allí, lejos de encontrar alivio, vivió —según relata— uno de los momentos más dolorosos.

Cuenta que la madre declaró primero, con el niño presente, y que durante esa declaración se lo acusó de hechos gravísimos delante del menor. “Mi hijo escuchó todo. Después me preguntó si yo había apuñalado a su hermana. ¿Cómo puede la Justicia permitir eso?”, se pregunta, con la voz quebrada.

Cuando le tocó declarar, sintió reproche antes que escucha. “La jueza me dijo que estaba enojada conmigo por haberme encadenado. Que mi hijo me había visto en videos y que ahora tenía miedo”. Emanuel no niega el impacto de la escena, pero vuelve a lo esencial: Nunca maltraté a mi hijo. Todo lo que digo está respaldado. Yo lo cuidé, lo alimenté, lo llevé a la escuela. Eso consta”.

Un pedido claro, sin revancha

Hoy, Emanuel no pide privilegios. Pide ser escuchado. Firmó una denuncia penal por presunto abandono de persona y otras situaciones que —afirma— están documentadas. Mientras tanto, no tiene contacto con su hijo y espera que “baje un cambio”, según le indicaron, para eventualmente retomar el vínculo.

Sin recursos para afrontar un abogado particular, hizo algo que también habla de su forma de pararse ante la vida: no pidió limosna. Pidió trabajo. Que le compren sus pastas, que recomienden su emprendimiento, que lo ayuden a poder defenderse dentro de un sistema que siente lejano y saturado.

“Si no me hubiera encadenado, nadie estaría escuchando esto. Tres años y medio vengo golpeando puertas”, dice. Y remata con una frase que duele por su simpleza: “No me encadené por mí. Me encadené para que alguien escuche a mi hijo”.

Una historia que interpela

Más allá de lo que determine la Justicia, el caso de Emanuel expone una pregunta incómoda pero necesaria:
¿qué lugar ocupa la escucha real en los conflictos familiares judicializados cuando hay niños en el medio?

Porque cuando un padre llega al punto de encadenarse en la calle para ser oído, algo —claramente— ya falló antes.