La historia suele contarse con nombres rimbombantes, ejércitos en marcha y fechas grabadas en bronce. Pero a veces, entre el ruido de los sables y las órdenes militares, aparece una voz pequeña que altera el rumbo de los acontecimientos.
Era la tarde del miércoles 24 de febrero de 1830. El ejército del general José María Paz acampaba en los alrededores de la Capilla de Cosme, en tierras cordobesas. Habían llegado por la mañana desde Anisacate, donde el militar poseía campos, y se preparaban para continuar viaje. El objetivo: interceptar al brigadier Facundo Quiroga, que avanzaba con su ejército federal desde La Rioja.
El movimiento de tropas era estratégico. Quiroga había evitado el paso más previsible por Cruz del Eje, rodeando las Sierras Grandes. Paz, atento, seguía cada dato, cada pista.
Fue entonces cuando ocurrió algo inesperado.
Una partida unitaria interceptó a unos paisanos que iban acompañados por una joven. Según explicaron, la muchacha se encontraba extraviada de su madre. Al ser interrogada, contó que por su rancho habían comenzado a pasar jinetes del ejército federal y que, por temor, habían decidido huir hacia el monte. Allí fue encontrada.
La llevaron hasta la tienda de campaña del General Paz. La escena, imaginada hoy desde la calma de los siglos, resulta conmovedora: una adolescente, asustada, frente a uno de los hombres más influyentes del momento. Le explicó que su vivienda quedaba a unas cuatro leguas y, sin saberlo, aportó datos sobre el desplazamiento de Quiroga.
Paz no quedó del todo convencido, pero aquella información lo llevó a corregir el recorrido previsto. La consecuencia fue concreta: debió postergar la partida desde Cosme por más de cuatro horas. Recién pasada la medianoche retomó la marcha.



A la mañana siguiente, el 25 de febrero de 1830, el ejército unitario enfrentó a las tropas federales en la histórica Batalla de Oncativo. El resultado fue una nueva victoria de Paz sobre Quiroga.
¿Habría sido distinta la historia sin aquella demora? Es imposible saberlo. Lo cierto es que en la antesala de una de las batallas decisivas de la guerra civil argentina, una niña anónima, con su relato sencillo y su miedo genuino, influyó en el ritmo de los acontecimientos.
En los campos tranquilos de Cosme, donde hoy el paisaje parece detenido en el tiempo, quedó grabado ese episodio mínimo y profundamente humano. Porque la historia grande también se construye con gestos pequeños. Y a veces, el destino de los generales se cruza con la fragilidad de una niña perdida en el monte. (Un agradecimiento especial el aporte de quienes escriben las páginas de Lozada * de un siglo).