Himno inconcluso: desmalvinización y semicolonialidad

Prácticamente medio siglo nos separa de Malvinas. Es ésta distancia en el tiempo una pregunta por el espacio. Y este espacio es preguntado a forma de interpelación, nuevamente, no por una análisis pretérito, sino por un cuestionamiento al futuro. ¿Qué discursos políticos interpelan al futuro en el país?. ¿Son solo las consignas de política interna las que totalizan los discursos políticos en él, es decir, inflación, corrupción, déficit, producción, importación, etc?, es más, ¿a qué se debe esta división imaginaria de la discursividad territorial entre lo interno y lo externo?. ¿Es tal esa escisión?.

Los combatientes arribaron al país como prisioneros de guerra en el buque Canberra el 16 de junio de 1982. Durante el viaje, un grupo de soldados que se encontraba en lo que entonces fuera usado como gran salón de eventos del buque, navegó en compañía de un piano de cola. Uno de los soldados pidió permiso para tocar el piano, cuenta un veterano de guerra en una entrevista televisiva, y dejó discurrir entre sus dedos unos tangos. En ese lapso, uno de los compañeros le pidió que tocara el himno y así fue. “En cuanto sonaron los dos primeros acordes nos paramos todos a cantar el himno -dijo- (…) los ingleses no sabían si nos estábamos amotinando y a los cinco minutos eran doscientos soldados ingleses adentro del salón, nosotros todos boca abajo en el piso y nunca más piano. Pero quedó la historia del himno inconcluso que le cantamos arriba del barco de ellos”.

Es sabida la vuelta. Los vidrios de los colectivos que los trasladaron se pintaron de negro para que no se viera a los soldados dentro, ni su estado, ni su emoción, sea cual fuere. Lo mismo sucedió con su arribo. La primera ciudad continental que recibió a los soldados parió una jornada que quedó para la historia. Es que aquel 16 de junio Puerto Madryn “se quedó sin pan”. Esto porque los vecinos, el pueblo argentino, vale decir, se trasladaron a la costa a recibir y a entregar pan a los soldados, sus soldados, su pan. Pero en alta mar, el himno se interrumpió por el poder imperial, el himno quedó inconcluso.

La desmalvinización corre riesgo de volverse un cliché efemérico como reclamo, o bien ahistórico, o demasiado historicista, y solo es levantado por un sector que la piensa más allá de la excepción. El último sector lo vincula en la excepción, es decir, en el error. En la falta de lectura histórica, en el mero (y resáltese el -mero-) manotazo ahogado social de un régimen autoritario acorralado y a punto de desistir. El primero, lo plantea en su
congelamiento patrimonial, también como una excepción pero como una excepción en el plano de la exterioridad nacional. Con todo, la acusación de su posibilidad de cliché está planteada por la repetición sin transformación. Hacia dentro de la historia de las fuerzas castrenses Malvinas no está puesta en la sombra de un caminar al oeste en un atardecer, es puro futuro, también está adelante. Pero este futuro tiene sus riesgos internos, por ejemplo, el de volverse tan solo currícula pedagógica. ¿Sería este un problema?, solo en el caso de que se desnude el hecho, solo en caso de que se des-signifique y pierda importancia histórica.

La historia de la desmalvinización da para largo. No hay un solo punto que la explique porque, en gran medida, su historia es la historia de Argentina. Podríamos abordarlo desde el fuerte sentido económico que representa, o desde el punto de vista de las emociones políticas, incluso podríamos preguntarnos por la relación que la ciencia y la técnica tienen en la extensión territorial, tanto nuestra como extranjera. Los abordajes son múltiples, claro que sí, y necesarios sobre todo. Pero ahora quiero volver al principio, al principio del texto, aunque seguro que de rebote también se trata de algunos principios de nuestra historia, para dialogar una cuestión fundamental. Rápidamente, vayamos al grano, ya que la gente lee hoy con velocidad incómoda.

Lo importante a revisar hoy es la relación, rota hace más de medio siglo, entre las fuerzas armadas y el pueblo. Esa relación tiene años de diferencias internas con diferentes sectores de la sociedad, y también recorre como nervio fundamental la historia de la nación. Esta recorre todo el 1800 e incluso ejemplifica una parte del “¡libros sí!, ¡botas nó!”. Pero, desde el 55’ en adelante, cuando la armada aérea bombardeó la plaza de mayo, algo se
acentuó en su resquebrajamiento. La historia posterior es fundamental, pero si la última dictadura comienza en la persecución de sus pares compatriotas, termina en ‘la unificación’ de Malvinas. Cuando la causa se dice unificadora y ésta resiste en el tiempo, la desunificación se volvió espacial, territorial. Claro que el sector castrense de mayor presión seguía con injerencia hasta pasada la mitad de los noventa. Pero Malvinas sin duda no es un momento más en la ruptura ruidosamente silenciosa entre el pueblo y las fuerzas. No por él qué, porque si algo se repite con facilidad y cierto grado de veracidad, es que Malvinas une, pero sí por el cómo. Ya que el ocultamiento de Malvinas no solo refiere al suceso histórico,
sino también a lo que las islas implican, y el futuro que supone un punto estratégico en el Atlántico sur.

El ocultamiento no refiere al pasado somero. Es sobre las causas, claro. Sobre la mala dirigencia, sumamente ingenua. Belicista interiormente e improvisada en el planteamiento exterior. El riesgo de congelamiento de Malvinas goza de calor en la medida en que el desenvolvimiento histórico actúa. Malvinas es un cuestionamiento al futuro. Porque es estructural en cualquier proyecto, ya sea negandola así como en plena positividad. Su
congelamiento es parte de la desmalvinización. Sin duda, es la victoria de un sector. El porcentaje de ocupación del territorio nacional por parte de Inglaterra es del 25%. Y la mayoría de los resortes estratégicos que nos someten a un estado de dependencia están vinculados con aquella invasión sostenida. El estado de pos guerra se sostiene en el espacio poniendo en el lugar de la impotencia a los símbolos más propios. Sin embargo, la
importancia de la línea temporal es que mira hacia adelante. Argentina ‘ya dejó las armas y se puso con el arado’, pero las frías Malvinas son aún verdes y fecundas planicies de historia, y los frutos no caen muy lejos.

La Argentina no puede crecer hacia otro lugar, y esta instancia intempestiva de la historia pide proyectos grandilocuentes, fuera del medio pelo dominante. En esta historia, grandes héroes, trágicamente humanoides, supieron congregar un pueblo, y su existir anchamente territorial. El tejido de estos símbolos se dió al galope de la historia. La pregunta que se impone es clásica en la sospecha, interroga al ‘quién’. Quiero decir, ¿a quién
o qué le conviene el estado de dependencia?. ¿A quién o qué le conviene la quebrada relación de las fuerzas y el pueblo?. ¿Qué tiene que ver la formalización contínua de la democracia tan anhelada por décadas de inestabilidad y la ruptura total de aquellos dos amplios y heterogéneos sectores?.

Si una postura triunfó pos guerra Malvinas, pos dictadura del aniquilamiento, fue la dependencia productiva, con un 2003 que se volvió sepia, y la escisión entre el pueblo y las fuerzas armadas, que de todos modos, era una relación que venía resquebrajándose desde unas cuántas décadas atrás. Quizás la misma cantidad de tiempo de un himno inconcluso. Un himno que deberá completarse. Es que, en alta mar, solo el sonido atraviesa la densidad, pero sobrevolando. Es que, solo el tiempo supera al espacio.