Estudiar contra todo: un joven, un sueño y un viaje interminable desde José de la Quintana

Tiene 19 años, es egresado del Colegio de Minería de José de la Quintana y sueña con seguir estudiando. Su nombre es Gonzalo y, en las últimas horas, su historia comenzó a circular con fuerza porque resume una realidad que atraviesa a muchos jóvenes del interior profundo: el deseo de formarse choca de frente con la falta de transporte, servicios básicos y oportunidades reales.

Gonzalo obtuvo su título de Técnico en Minería y este año decidió continuar sus estudios universitarios. Se inscribió en dos carreras: Geología y Traductorado de Inglés, pero debió optar por una sola. El motivo no fue vocacional, sino logístico: los horarios del transporte interurbano que conecta José de la Quintana con Alta Gracia y Córdoba no le permiten sostener ambas cursadas.

“Acá hay un solo interurbano y hoy tiene apenas tres horarios en todo el día”, explica Silvia, su mamá, en diálogo con este medio. Gonzalo asiste actualmente a los cursos de nivelación del Traductorado de Inglés. Viaja todos los días, de lunes a viernes, y también algunos sábados. Sale de madrugada y regresa cerca de las once y media de la noche, combinando colectivos y, cuando no hay servicio, recurriendo a un viaje pago desde Alta Gracia hasta su casa.

El esfuerzo cotidiano

El sacrificio no es solo físico. También es económico. Silvia no cuenta con un trabajo fijo, en gran parte por las mismas limitaciones de transporte que afectan a su hijo. “Todo lo que gano se va en su viaje”, relata. Para sostenerse, realiza changas: cuida una casa, limpia, corta pasto, hace budines y pan para vender en el barrio. Aun así, los costos de movilidad absorben casi la totalidad de sus ingresos.

Aunque Gonzalo podría acceder al Boleto Educativo Gratuito en el tramo Córdoba–Alta Gracia, el principal problema persiste: el interurbano que conecta su barrio no tiene horarios compatibles, especialmente en el turno tarde-noche. El último colectivo regular sale alrededor de las 20, lo que vuelve inviable cualquier cursada que finalice más tarde.

“Muchos chicos desisten de estudiar por esto”, señala Silvia. No se trata de un caso aislado, sino de una problemática estructural que atraviesa a la zona: estudiar, trabajar o incluso hacer un trámite se vuelve una odisea.

Una vida marcada por la resiliencia

La historia familiar suma otras capas de dificultad. Silvia y Gonzalo llegaron desde Buenos Aires hace ocho años, buscando una vida más tranquila. Ella es cocinera y trabajó como chef en un hotel de la región hasta la pandemia, cuando perdió su empleo. Luego atravesó una dura situación económica y emocional tras ser estafada en la construcción de su vivienda, lo que derivó en una profunda depresión e internación.

Aun así, Gonzalo nunca abandonó sus estudios. En uno de los momentos más difíciles, llegó a acumular ocho materias previas, pero las rindió todas en el mismo año y logró terminar el secundario. “Es un chico muy inteligente, le gusta estudiar y quiere salir adelante”, dice su mamá con orgullo.

Actualmente viven en una vivienda precaria, sin acceso regular a luz ni agua, en un sector declarado como reserva, pese a que la cooperativa local había asegurado que los servicios estaban disponibles al momento de la compra del terreno. La falta de electricidad obliga a organizar la vida diaria con un generador, que incluso dejó de funcionar recientemente.

La solidaridad como respuesta

Cuando la historia de Gonzalo comenzó a difundirse, la respuesta social fue inmediata. “La gente se mostró muy solidaria, me ofrecieron habitaciones en sus propias casas, ayuda de todo tipo. La verdad, me sobrepasó”, cuenta Silvia, emocionada.

Hoy evalúan alternativas: una beca, un lugar donde Gonzalo pueda alojarse durante la semana o, idealmente, una mejora en el servicio de transporte que permita que estudiar no sea un privilegio sino un derecho efectivo.

Un caso que interpela

La historia de Gonzalo expone una pregunta incómoda pero necesaria:
¿qué oportunidades reales tienen los jóvenes del interior para estudiar y proyectar su futuro si las condiciones básicas no están garantizadas?

Mientras tanto, Gonzalo sigue viajando todos los días, sosteniendo su sueño a fuerza de esfuerzo, perseverancia y el acompañamiento incondicional de su mamá. Porque, como dice Silvia, “no queda otra que seguir luchando para adelante”.

Quienes deseen colaborar, pueden comunicarse al teléfono 354730-1091