Editorial | Cuando la pesada herencia se convierte en el único argumento

El discurso del presidente Javier Milei en la apertura de sesiones del Congreso volvió a poner en escena una estrategia política que ya es conocida en la Argentina: la apelación permanente a la “pesada herencia” como explicación del presente.

Y hay un dato que no puede negarse: el país que recibió el actual gobierno venía de una crisis profunda, con inflación anual por encima del 200%, déficit fiscal crónico y una economía estancada desde hacía años. Ese diagnóstico es real.

Pero también es cierto que la Argentina de hoy atraviesa una tensión cada vez más evidente entre la estabilización macroeconómica y el deterioro del entramado productivo y social por lo que la pregunta que empieza a aparecer en distintos sectores es si el remedio elegido para corregir los desequilibrios no está generando daños estructurales que costará mucho tiempo reparar.

El corazón de cualquier país: la producción

Las economías más desarrolladas del mundo tienen algo en común: protegen su producción nacional. Lo hacen Estados Unidos, Alemania, Francia, Japón o Corea del Sur, entre otros. Todas esas naciones aplican políticas industriales, incentivos fiscales, subsidios estratégicos o regulaciones comerciales para sostener sus cadenas productivas.

¿Por qué? Porque las pymes y la industria local son el verdadero sostén de cualquier Estado moderno. No solo generan empleo, también crean valor agregado, tecnología, arraigo territorial y consumo interno.

En la Argentina, sin embargo, el proceso económico de los últimos años abrió una discusión incómoda: si la apertura comercial y la desregulación están golpeando justamente a ese corazón productivo. Diversas cámaras empresarias y entidades industriales advierten sobre una realidad que se repite en distintas provincias:

  • miles de pymes en situación crítica,
  • caída fuerte del consumo interno,
  • competencia de importaciones a precios que muchas industrias locales no pueden igualar.

El resultado empieza a verse en el mapa productivo: cierres de empresas, reducción de turnos de producción y pérdida de puestos de trabajo.

No es un fenómeno nuevo en la historia económica argentina, pero sí uno que vuelve a encender alarmas. Porque cuando desaparece una pyme, no desaparece solo un negocio: desaparece una red de empleo, proveedores, familias y comunidad.

La macro estabiliza, pero la calle no lo siente

Es cierto que el gobierno logró algunos objetivos que se había propuesto:

  • una caída significativa de la inflación respecto de los niveles explosivos de 2023,
  • superávit fiscal por primera vez en muchos años,
  • reducción del gasto público.

Pero el costo social de ese proceso sigue siendo alto. En muchos sectores económicos la actividad todavía no logra recuperarse, mientras que los ingresos reales de amplias capas de la población siguen rezagados frente al costo de vida.

La estabilización macroeconómica es necesaria, pero cuando tarda demasiado en traducirse en bienestar cotidiano, la tensión social comienza a crecer (sin contar, claro, en los daños estructurales que costará muchos años recuperar).

Jubilados: el punto más sensible

Si hay un sector donde el ajuste se vuelve especialmente visible es en los jubilados. El bono extraordinario que perciben millones de jubilados permanece congelado desde hace dos años, mientras que las jubilaciones se actualizan mediante una fórmula que sigue índices que, en la práctica cotidiana, están absolutmente alejados del aumento real de los precios.

El resultado es una escena cada vez más frecuente en farmacias y supermercados: personas mayores que deben priorizar entre comprar alimentos o pagar medicamentos. Es probablemente el indicador social más contundente del momento económico.

La narrativa política del momento

En ese contexto aparece el sentido político del discurso presidencial. La apelación constante a la “pesada herencia” del kirchnerismo funciona como una explicación estructural de por qué el ajuste es necesario y por qué los resultados tardan en llegar.

Desde el punto de vista comunicacional, es una estrategia eficaz: mantiene el foco del debate en el pasado para sostener el presente.

Muchos criticaron la puesta en escena del discurso presidencial por su tono confrontativo o incluso teatral. Pero desde una mirada estrictamente política, el mensaje cumplió su objetivo. Logró reinstalar una idea central: que el punto de partida de la Argentina era tan grave que el sacrificio actual sería inevitable.

El límite del argumento

El problema es que toda narrativa política tiene fecha de vencimiento. La herencia explica el punto de partida, pero no puede explicar indefinidamente la realidad cotidiana.

Si la estabilización macroeconómica logra traducirse en crecimiento, empleo y recuperación productiva, el relato del sacrificio necesario encontrará su validación histórica. Pero si el costo social continúa acumulándose —con empresas que cierran, trabajadores que pierden su empleo y jubilados que no llegan a fin de mes— la discusión política inevitablemente cambiará de eje. Y entonces la pregunta dejará de ser qué se heredó para pasar a ser otra mucho más incómoda: qué país se está construyendo ahora.